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#20. Los imponderables de la investigación

El 2 de noviembre de 1994 dieron comienzo tres de los años más felices de mi vida. (Quizás cuente en una entrada futura las peripecias del más feliz.) En esa fecha aterrizamos mi mujer y yo en el aeropuerto JFK de la Gran Manzana y empezó mi trabajo como postdoc en el Liver Center del Albert Einstein College of Medicine.

Llegué a Nueva York con una beca de la universidad de Granada. Esto era cuando aún estaba en circulación la peseta. Recuerdo que al cambio eran 900 $. Si tenemos en cuenta que el apartamento —mejor dicho, sótano— costaba 500, se entiende que nuestra actividad favorita los fines de semana fuera patear la ciudad y ver mucho escaparate. Menos mal que, tres meses después, ella consiguió el permiso de trabajo y, un poco más adelante, trabajo. Y que un año más tarde nos echó un capote la fundación Ramón Areces con una beca mucho mejor (para un periodo de dos años, de ahí que al final nuestra estancia fuera de tres).

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El Albert Einstein está en el Bronx. En otra ocasión contaré cosillas de este borough tan temido, el único de los cinco de NY que es tierra firme. Me río de las dobles negativas que nos dicen que no se deben decir en inglés. Bueno, os doy dos datos más: En primer lugar, es más feo que pegarle a un padre (de hecho si viajáis a la ciudad, no perdáis vuestro tiempo a menos que queráis ver un partido de baseball de los Yankees). En realidad, también hay zonas residenciales bonitas. Nos sentimos muy a gusto allí. Y el laboratorio estaba a diez minutos andando. Qué gustazo ir a cenar a casa y luego regresar al laboratorio para terminar un experimento. En segundo lugar, nunca tuvimos ningún problema de seguridad. Hay zonas malas, como las hay en cualquier ciudad. Con evitarlas, basta. Aunque ahora que recuerdo, en uno de los locales de pizza del barrio mataron de un tiro al dueño. A los pocos días ya habían reabierto con nueva decoración y dueño. Estos americanos son muy pragmáticos.

Los comienzos no fueron fáciles. El idioma, por ejemplo, me tuvo desesperado mucho tiempo, más de lo usual. Tantos años estudiando en el colegio e instituto para saber mucha gramática y casi nada de conversación. Es frustrante asistir a un seminario en el que sólo entiendes el good morning del inicio y el thank you very much del final. Necesité más tiempo del usual para aprenderlo pues mi laboratorio era de mayoría hispano-parlante: el jefe y un compañero eran mexicanos; además, trabajaban una pamplonica y una madrileña; finalmente, el técnico, Tom, sí era de la tierra, y Liu, como habréis intuido, era chino. Aunque mis compañeras españolas me hablaban y pedían que les hablara en inglés, ¿qué queréis que os diga?, me chirriaba pedirles la pipeta en otro idioma que no fuera el nuestro.

El tema que fui a investigar prometía ser muy interesante, por eso decidí irme allí: el mecanismo fibrogénico del alcohol en un cultivo de hepatocitos y células estelares hepáticas. Y así fue. De hecho, fue lo que me decidió a continuar la carrera investigadora. Como podéis imaginar, tres años dan para muchas anécdotas relacionadas con el trabajo, que es lo que quería contaros:

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DO NOT RESHELVE. Con lo ordenado que soy, no entendía por qué no se podían devolver los libros o las revistas a su sitio en las estanterías de la biblioteca después de consultarlos.

Aprendí por las malas la importancia de este aviso que estaba distribuido por las paredes de la biblioteca. Una de las tareas que tenía que hacer para la investigación era transfectar hepatocitos con diferentes plásmidos. Existen diversos métodos para introducir DNA en células de mamífero pero, en aquel momento por lo menos, ninguno funcionaba bien en hepatocitos —son muy frágiles y “sensibles”—, que había que aislar del hígado de ratas como puedes ver aquí. El método del fosfato de calcio no iba bien. El método con liposomas, tampoco. Después de mucho batallar, y ya iban unos 6 meses “perdidos”, encontré una referencia [1] en la que se conseguía mediante electroporación suave: literalmente, se someten las células a una descarga eléctrica (suave en este caso significa que se usaba un voltaje de 160 v) para abrirles poros en la membrana y así el DNA puede entrar y llegar al núcleo. Tras averiguar que tenían la revista en la biblioteca, bajé a localizar el artículo. Pero el ejemplar que necesitaba no estaba. “Lo debe estar usando otra persona”, pensé. Tampoco estaba disponible las dos o tres veces más que intenté conseguirlo. Hasta que pedí ayuda a los bibliotecarios, quienes me llamaron varios días después para comunicarme que lo había encontrado en un sitio que no le correspondía. Total, aproximadamente un mes más perdido. Ya sabéis, no devolváis loslibros a su estante, sino a las mesas que tienen para ello.  Por cierto, el método funcionó y, a partir de ahí, empecé a tener resultados.

JOHNNIE WALKER ETIQUETA ROJA. Sin duda, el experimento que más anécdotas generó fue aquel en el que tuvimos que administrar whiskey comercial a ratas para conseguir un daño hepático. Según el paper que teníamos que seguir [2], la administración había que realizarla 3 veces a la semana, durante 3 meses, y a través de una sonda o cánula gástrica como éstas:

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La cánula se enroscaba a una jeringa previamente cargada con la dosis adecuada de whiskey. A los pocos días de comenzar el experimento recibo una llamada en el laboratorio:

– “Buenos días. Soy el veterinario del animalario. Le llamo porque a sus ratas el aliento les huele a alcohol y tienen síntomas de intoxicación etílica”.

– [Alucinado de que llamaran por ese motivo] “Buenos días. Gracias. ¿Pretende decirme que le ha olido el aliento a mis ratas?”

– [Con tono gélido] “Sí”.

– “Seguramente se debe al whiskey que acabamos de administrarles”.

Como ésta era la primera vez que sondábamos ratas y nadie nace sabiendo, en algunas ocasiones notábamos cierta resistencia cuando introducíamos la cánula a las ratas por la boca. Debe ser que no metíamos la cánula por el sitio correcto. Entonces veíamos aparecer líquido por la nariz del animal. Esas ratas acababan muriendo. Cada vez ocurría menos a medida que ganábamos experiencia. Otro día me vuelven a llamar:

– “Buenos días. En la jaula 4 ha aparecido muerta una rata”.

– “Podría ser que no estemos introduciendo bien la cánula”.

– “¿Quiere que le hagamos la autopsia?”

– “¿Está de cachondeo?”

No, no lo estaba. Le hicieron la autopsia a la rata (pagando, claro) pero no se pudo saber con certeza la causa de la muerte. Sin embargo, en aquel momento entendí que esta gente iba en serio.

Pero el experimento no funcionó muy bien, el daño hepático que se produjo no fue muy espectacular. Tras consultar al jefe nos dijo que repitiéramos todo pero administrando el whiskey durante 5 meses, no 3.

– “Vale, pero dame dinero, que se ha acabado el que tú compraste”.

La marca que él había traído era desconocida y mi teoría era que entre otras cosas el experimento no había ido bien por ser un whiskey barato. De modo que, aprovechando su ausencia durante varios días por un congreso, compré una botella de Johnnie Walker etiqueta roja en la tienda del barrio. Por supuesto, el jefe montó en cólera cuando regresó y lo vio. Mentí diciendo que no tenían otra marca. Pero no había nada que hacer pues ya estaba empezada.

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Durante la repetición de este experimento, en concreto durante el primer mes, perdimos una rata. Un día recibo otra llamada:

– “Buenos días. Soy el veterinario del animalario. Le llamo para decirle que hemos sacado una rata muerta de la jaula 7”.

– “¿Qué ha pasado?”

– “Se ha ahogado”.

– “¿Está de cachondeo?”

– [Con voz gélida] “No”.

– “¿Pero cómo es eso posible?”

Pues es posible. Las ratas que se emplean en investigación se colocan en jaulas con comida y un biberón para el agua. En la base, para adsorber el pis, se coloca viruta de madera. Así:

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El agua sale del biberón cuando la rata lame el “pitorro”. O bien, como en nuestro caso, cuando empuja con la lengua una bolita que está dentro del “pitorro”.

A su vez, las jaulas se colocan en estanterías o racks como este:

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Hay racks sin baldas. Las jaulas entonces enganchan en unas guías. Hay que empujar las jaulas hacia el fondo y quedan “voladas”. Así:

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Este era nuestro caso. Pero, además, el sistema de administración  del agua era nuevo para mí. No se usaban biberones. El agua se hacía llegar desde un depósito por tuberías que recorrían la pared del animalario y de las cuales salían múltiples “pitorros” como los de los biberones. Para haceros una idea podéis leer más aquí y aquí. Una de las paredes de la jaula, la que casi tocaba la pared que tenía la tubería, tenía por tanto un hueco circular donde entraba un “pitorro”. Algo como esto:

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¿Qué tiene esto que ver con el ahogamiento de las ratas? Pues la mala suerte quiso que una brizna de madera saltara, seguramente debido al movimiento del animal, presionara la bolita del “pitorro” y quedara allí enganchada, tal como se describe aquí (punto 5). El agua entonces, aunque lentamente, empezó a salir y no paró. Supongo que la ratilla nadó hasta el agotamiento. En este caso la tecnología jugó en nuestra contra.

Pero a este episodio hay que sumar que tampoco en esta ocasión conseguimos una lesión muy importante en el hígado. Ni con 5 meses ni con Johnnie Walker etiqueta roja. Y es que para conseguir una cirrosis alcohólica en ratas hay que recurrir a modelos muy drásticos, como el descrito por Frech y Tsukamoto. Es un método en el que se implanta mediante cirugía un catéter en el estómago del animal. Podéis haceros una idea de lo complicado que es aquí. El catéter permanece implantado durante los meses necesarios, y por él se administra de forma continuada la dieta que ya contiene el alcohol.  Se logra así superar la aversión de las ratas al etanol (son listas como demonios) y concentraciones constantes en sangre.

A pesar de todo, el jefe y otra compañera publicaron un trabajo sobre estos experimentos [3]. Eso sí, 10 años después de mi regreso.

Referencias

[1] Paquereau L, Le Cam A. Electroporated-mediated gene transfer into hepatocytes: Preservation of a growth hormone response. Anal Biochem 1992; 204: 147-151.

[2] Amore ACR, Roccatello D, Piccoli G, Mazzucco G, Gomez-Chiarri M, Lamm ME, et al. Experimental IgA nephropathy secondary to hepatocellular injury induced by dietary deficiencies and heavy alcohol intake. Lab Invest 1994; 70: 68–77.

[3] Nieto N, Rojkind M. Repeated whiskey binges promote liver injury in rats fed a choline-deficient diet. J Hepatol 2007; 46: 330-339. Es gratuito y se puede conseguir aquí.

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4 Respuestas a “#20. Los imponderables de la investigación

  1. Me ha gustado mucho el post, quizás porque mi tesis fue sobre la participación de las células estelares en los procesos de metástasis en el hígado 😉

  2. :DDDDD me encanta saber este tipo de anécdotas. Trabajar con animales y alcohol, a la vista está que dio mucho juego. Dime que habrá más post como este Luis!

    • Me dejé en el tintero una anécdota triste, quizás me anime más adelante. Como post estoy madurando uno con anécdotas de profe. Pero debo recopilar anécdotas con los alumnos. Gracias y besos.

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